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Entrevista a Ricky Dávila: “La fotografía es una magnífica compañera de por vida”

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Para Ricky Dávila (Bilbao, 1964), el objetivo final de toda imagen es la poesía, siempre dentro de la representación de lo real, que evidencia todos sus trabajos.

El fotógrafo ha presentado “Nubes de un cielo que no cambia”, exposición que se puede ver en Casa de América hasta el 21 de febrero.

Esta serie muestra una Bogotá desconocida, misteriosa y concreta a través de sus imágenes y los versos de Dufay Bustamante Un tipo de belleza rara y fascinante a través de la unión de fotografías y poemas.

Con algunos de los más prestigiosos galardones a sus espaldas, como el II Premio World Press Photo, Fotopress y Ortega y Gasset, Dávila incursionó en el periodismo hasta 1995 cuando se divorció definitivamente de los medios de comunicación para dedicarse a un trabajo más personal.

Este año será maestro de uno de los talleres de Campus PHE que se llevarán a cabo en febrero.

PHE- ¿Por qué decidiste dedicarte al mundo de la fotografía?

Ricky Dávila-
No fue una decisión premeditada. A veces las circunstancias de la vida dictan muchas de nuestras decisiones. Acabé biología, pero era mal alumno. Al final me fui a Nueva York y estudié lo que me gustaba que era fotografía.

PHE- ¿Cómo fueron tus comienzos en este mundo?

RD-
Mis comienzos fueron muy ilusionantes porque el año que estudié en el ICP (International Center of Photography) me formó como fotógrafo y fue un año lleno de sueños, muchos compañeros estudiantes con los mismos anhelos, muy receptivos, con un entorno magnífico de aprendizaje.

Luego tuve la suerte de que, gracias a la formación que tenía, la vuelta a España fue muy fácil, pues me encontré en un entorno donde realmente no había muchos fotógrafos. No es como ahora, que casi hay inflación de gente formada en fotografía. Antes la fotografía no era ningún vehículo de éxito social o comercial. Entonces uno llegaba desde la afición pura y dura.

PHE- ¿Cómo compaginas tu trabajo de autor con los encargos de tipo más comercial?

RD-
Desde el principio compaginé los encargos comerciales con mi trabajo de autor. Siempre tuve un frente muy vocacional comercial y de encargo porque me gustaba igual el organigrama del New York Times que la revista Interview de Warhol o el Vanity Fair.

Nunca me costó asumir encargos porque me encantaba la fotografía de Bruce Weber. Fue todo muy paralelo. Por otro lado el dinero nunca ha venido de la mano del trabajo documental personal y de hecho podía encontrar más retribución por un día haciendo moda que por un mes de fotografía documental en Cuba.

He compaginado las dos cosas por una cuestión personal y de supervivencia. Si quieres hacer de esto un medio de vida, por ósmosis, te vas donde está la pasta. Aunque llega un momento en que si tienes inquietudes personales hay que tomar opciones. Desde el principio tuve la intención de articular cosas con un timbre personal y a la vez la necesidad de llegar a fin de mes. El espinazo de lo que siempre he hecho es personal, pero he tenido la suerte de tener vocación comercial. Yo vengo del oficio y eso me ayuda mucho porque consiste en saber atender el encargo de los demás. Creo que la fotografía tiene esa visión de oficio que otras disciplinas creativas no tienen. Estoy muy orgulloso de venir del oficio. Yo siempre he tenido un agradecimiento y una paciencia infinita con este tipo de encargos porque creo que la experiencia hacen que todo sea muy interesante, mucho más que el resultado final.

PHE- En alguna ocasión has dicho que el trabajo “Herederos de Chernóbil” fue un punto de inflexión en tu carrera ¿En qué sentido?

RD-
En el trabajo de Chernóbil articulé por primera vez un ensayo gráfico con una impronta personal. Hasta entonces yo había trabajado para el diario El Sol, lo que me modeló mucho porque hice mucho trabajo de calle. Luego estuve en la Agencia Cover, donde me vi en la obligación de proponer cosas a los medios, pero eso era dentro de una línea muy periodística. En el trabajo de Chernóbil me demostré a mi mismo que podía hacer cosas por iniciativa propia y con un lenguaje personal.

PHE- ¿Cómo valoras los proyectos propios como Manila o Ibérica? ¿Dirías que hay un punto en común entre ambos trabajos?

RD-
En el año 2000 abandoné la órbita editorial, que para mi había quedado muerta. Manila fue muy importante porque me demostré a mi mismo, no ya que pudiera crear algo con un lenguaje propio, si no que podía crearlo fuera de los medios y me ayudó a quitarme muchos clichés editoriales y periodísticos. Ese es el primer paso en un proceso de liberación de muchos códigos adquiridos que me habían llevado a un callejón sin salida.

Ibérica está en la misma línea. Sucede en el tiempo a Manila y tiene un poco esa estrategia de trabajo personal. Son proyectos de libro, destino teórico en espacios museísticos y alejado de premisas editoriales y sin ninguna pretensión de ser publicados en revistas, salvo que ocurra.

Tampoco quiero presumir de independencia porque somos mucho más esclavos de lo que creemos de muchas cosas. Yo no quisiera valerme de estos trabajos para atribuirme una condición de independencia que luego igual no tengo. Pero si me ayudó a liberarme de muchos códigos de conducta.

PHE- Tu último trabajo “Nubes de un cielo que no cambia” contiene 50 fotografías y 20 poemas ¿Por qué decidiste hacer esta unión entre las dos disciplinas?

RD-
De modo natural mi amigo y cicerón en la ciudad, Dufay Bustamante, era poeta de la calle. En el discurrir del trabajo me di cuenta de que podía ser muy bonito compaginar su escritura con mis fotografías con el común denominador de la experiencia compartida. Yo estaba en Bogotá con motivo de una exposición distinta y se hizo amigo mío enseñándome la ciudad. De ahí que surgiera este trabajo.

Las poesías se han hecho a raíz de la experiencia compartida. Vienen después de las fotografías porque lo propongo yo como editor, pero no están inspiradas en ellas, están inspiradas en la experiencia que vivimos juntos. Yo quería evitar poemas laudatorios de mis fotos. No quería que mi trabajo se convirtiera en motivo de inspiración, tenía que ser la propia ciudad. Este trabajo es un reflejo de mis propias impresiones.

PHE- En alguna ocasión se te ha definido como un poeta visual ¿Cuánto de poético tiene la fotografía para ti?

RD-
La fotografía en general tiene mil lenguajes, lenguajes que a su vez encuentran mil aplicaciones. Yo en mi trabajo personal me reconozco mucho más en la condición de poeta que en la de periodista o artista. Creo que es un término que afortunadamente todavía no está contaminado y a mi me sirve para explicar el tipo de trabajo que hago.

PHE- Actualmente tienes una exposición en Casa de América con el trabajo “Nubes de un cielo que no cambia” ¿Cómo está yendo?

RD-
Muy bien porque yo me siento muy afortunado. Esta gente me tramitó el tercer viaje a Bogotá, para el que yo no tenía medios y La Casa de América ha sido el mejor destino posible para un trabajo de este tipo.

Cuando veo la exposición en las dos plantas con ese sentido orgánico de conjunto, estoy contento y satisfecho. Es una sensación muy bonita la de reconocerse uno en lo que formula en público. Y no es tan habitual. En este caso ha sido una libertad completa de acción y un destino para mi felicísimo.

PHE- ¿Dirías que tienes algún referente en el mundo fotográfico?

RD-
Yo tengo héroes, como todo el mundo. Y el que no los tenga pobrecito de él. Para mi es muy importante Anders Petersen y en Alberto García-Alix yo tengo lo que para mi es un hermano y un número uno. Tengo la enorme suerte de que Alberto se cruzó en mi vida.

Ahora mismo está lleno de gente joven haciéndolo bien. A nivel nacional todo el colectivo Nophoto, Iñaki Domingo, Juan Valbuena… podría decir miles y miles de nombres.

Ahora mismo es un momento feliz para la fotografía. Hay mucho discurso inteligente e ilustrado. Para quien esté enamorado de esta cosa loca de la fotografía, yo creo que se está viviendo un momento maravilloso.

PHE- Vas a ser maestro de Campus PHE ¿Qué expectativas tienes para este taller?

RD-
Este taller está orientado a fotógrafos jóvenes y a profesionales en busca de un proyecto personal y de un posicionamiento propio en el ámbito de la fotografía.

Los participantes deberán traer sus propios trabajos, que servirán de base a comentarios orientativos: fotografías comerciales, autobiográficas, documentales, etc., serán herramientas para el intercambio de opiniones, y permitirán compartir dudas y debatir sobre las nuevas reglas del medio.

La fotografía es un magnífico vehículo de expresión personal y un medio de relacionarnos con el mundo y con nosotros mismos. La cámara puede ser una ventana al mundo exterior o un reflejo de nuestras propias emociones. Este taller deberá estimular la creatividad y la curiosidad en cada uno de nosotros en distintas direcciones, y facilitar las claves básicas para la consecución de un proyecto fotográfico personal.

PHE- ¿En qué proyectos estás trabajando actualmente?

RD-
Estoy trabajando, pero no cuento nada.

PHE- ¿Cuáles son tus planes de futuro?

RD-
No perder la curiosidad en el sentido más amplio. La fotografía es una magnífica compañera de por vida. Todo es muy frágil y hay que cuidarlo.

Más información sobre Ricky Dávila

Nació en Bilbao en 1964. Se licenció en Biología por la Universidad de País Vasco. En 1988 viajó a Nueva York para estudiar Fotografía en el International Center of Photography, que era su verdadera vocación.

En 1991 regresó a España y comenzó a trabajar en el diario EL SOL. Durante 1992 y 1993 fue fotógrafo de la agencia COVER. Ese año recibió el premio Fotogranprix 93 y el II Premio World Press Photo por su trabajo "Herederos de Chernóbil".
Después comenzó a trabajar en la revista EGM, El País Semanal y la agencia Contact Press Images.

En 1995 recibió el premio Fotopress 95. Este mismo año realizó un reportaje sobre una cárcel boliviana "Cochabamba, Bajo el Peso de la Ley 1008" por el que recibe el II Premio Best American Picture of the Year en EEUU.

En 2000 Dávila tiene su primera exposición individual "Ricky Dávila, Fotoreportaje". También participa en varias exposiciones colectivas como en el Museo Reina Sofia, el Bienal de Venecia, y el Metropolitan Museum of Manila. Actualmente se puede visitar su exposición “Nubes de un cielo que no cambia” en Casa de América.

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