
Planeo la jornada. Preparo por las noches con Abdul, mi traductor, la ruta del día siguiente. Salgo por la mañana. Lo primero que hago es intentar cumplir con el objetivo marcado. Una vez fotografiado aquello que tenía previsto, me relajo y abro las puertas a la improvisación. Abdul, entonces, se puede ir a donde quiera. Normalmente se va a su habitación a rezar o a ver la tele. Yo vago por las calles, me dejo llevar como una hoja en la corriente y a veces, cuando menos lo espero, aparece la foto perfecta. La mayoría de las veces lo que aparecen, son fotos sin más. Y a menudo, no aparece nada de nada. Tengo unas 10.000 fotos de Xinjiang. En la edición final voy a utilizar cerca de 130. Es decir, un 1,3% del material. Un 98,7% se quedará en el cajón. No hay muchos trabajos en los que se de esta enorme desproporción entre lo producido y lo utilizado.
Esta historia ha sido un ejercicio de dificultades deliberadamente autoimpuestas. Busqué uno de los sitios más remotos del mundo. Un lugar donde no se habla ingés en absoluto. Donde la policía china vigila cada paso que das. Un lugar de mayoría musulmana, con 6 fronteras calientes y mucho petróleo. Gente muy suspicaz. No había mucha información acerca de Xinjiang y nadie había hecho un trabajo fotográfico en profundidad sobe el tema. Ya en 2006 era previsible que durante los Juegos Olímpicos hubiera jaleo por aquí. Una semana antes de la inauguración, varios ataques por parte de los uigures dejaron cerca de 30 muertos. En consecuecia este año la vigilancia es mayor de lo habitual.
Además me impuse utilizar sólo dos objetivos de focal fija y corta: un 24 y un 50. Esto me obliga a acercarme a aquello que quiero fotografiar.

Una manera ineludible de enfrentarme cada mañana al mundo desconocido y hasta diría que hostil en el que me encuentro. Ahora veo que fue un acierto. Primero, porque, efectivamente, he estado en lugares donde no me habría atrevido a ir de haber podido disparar a distancia. Segundo, el trabajo tiene una uniformidad visual que ahora aprecio como una de sus principales virtudes. Es como hablar siempre en el mismo tono. Sin susurros y sin gritos. Una voz visual modulada, donde los puntos de exclamación e interjecciones no valen. Todo se debe contar encontrando la palabra adecuada, en un permanente ejercicio de léxico y semántica. La construcción de las imágenes, en esas condiciones no tiene atajos: o lo que se ve es lo que se tiene que ver, o no hay trucos ópticos que lo arreglen.

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