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| 23 de febrero de 2009 por Carlos Spottorno (a las 09:48) |
DÓNDE ESTOY Y QUÉ ESTOY HACIENDO: MIGRANDO
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En este viaje he trabajado mucho y he pensado mucho más. La ventaja de estar lejos física y espiritualmente. La situación ideal para hacer algo de orden en mi desordenada cabeza. Así que como despedida de este blog, voy a lanzarme a una reflexión acerca de dónde creo que se encuentra y qué está haciendo la fotografía documental. Es una reflexión basada en la experiencia propia, pero observada también en otros fotógrafos que trabajan en proyectos documentales de medio-largo alcance.
El mundo de las revistas mensuales y dominicales, histórico hábitat natural de la fotografía documental, se ha depauperado mucho en los últimos años. Si todavía hay algo que publicar, es, en parte, debido a la inercia de décadas anteriores. Debido al deseo de los fotógrafos de emular la época dorada del papel y ver nuestro trabajo impreso en soportes de prestigio y difusión internacional. Y si bien el prestigio de estas revistas se mantiene casi intacto, la difusión ha emprendido un rumbo muy poco prometedor.
La mayoría de las revistas impresas pierden lectores a gran velocidad. Los costes de producción y distribución hacen que les sea muy difícil competir con las publicaciones online. Los anunciantes huyen a medios más baratos y efectivos. Los lectores quieren más fotos, vídeo, música, links externos y poder comentar lo que ven. Las remuneraciones que ofrecen hoy en día los medios impresos son tan tristes que empiezan a ser humillantes hasta para ellos mismos. Los fotógrafos todavía alimentamos las páginas de las revistas, a cambio de una visibilidad cuyo fin no es otro que mantenernos activos en nuestro trabajo. También lo hacemos porque en realidad somos los primeros que vamos el domingo al kiosco a comprar revistas.
En los últimos años y en parte debido a la revolución digital, se ha multiplicado el número de fotógrafos suficientemente competentes como para producir un reportaje apto para ser publicado en un dominical. Por la más sencilla ecuación de la oferta y la demanda, ha resultado un exceso de producción para un espacio editorial limitado y saturado.
Los editores se frotan las manos: ¡contenidos gratis! . A mi, sin embargo me parece que lo ocurre es que los contenidos se van homogeneizando y que prolifera la fotografía referencial y de género. Los fotógrafos tenemos que esforzarnos más que nunca por producir historias sobresalientes si queremos tener un cierto control sobre nuestro trabajo. Tenemos que producir historias no equivalentes a otras y darles el valor que tienen. Ya no podemos contar con la ignorancia del público, como cuando Marco Polo contaba fantasías incontrastables a su vuelta a Venecia. Hay que ser mucho mejores. Hoy todo el mundo ha estado en un campo de refugiados en Tailandia en sus vacaciones. Hay que cavar más hondo y más ancho. No necesariamente más lejos.
Parte de los que nos dedicamos seriamente a la fotografía documental, empujados por la difícil situación de los viejos medios, estamos migrando hacia los territorios del Arte y de los libros. Y eso es porque de hecho, hoy, la fotografía documental funciona más como una actividad personal y autofinanciada que como una actividad periodística profesional y bajo encargo.
Algunos de los mejores reportajes de los últimos años se han producido más con la intención previa de publicar un libro que con la de publicar en una revista. Véase el caso de Pieter Hugo y su historia de los hombres de las hienas. Véase Simon Norfolk y su Chronotopia. Sin duda, algunos de los mejores y más atrevidos documentales han salido de la cabeza de fotógrafos y no de editores ni de directores de revistas.
Al fin y al cabo, los medios tradicionales tienen que cumplir unos tiempos y unos objetivos comerciales impuestos por los grandes grupos multinacionales, mientras que un fotógrafo independiente que invierte su tiempo y su dinero en producir una historia, no tiene más bazas que la excelencia si quiere recuperar algo de lo invertido. Y la excelencia rara vez sale de entre las historias que ya han sido contadas decenas de veces. No es poco frecuente que un fotógrafo proponga un reportaje inédito, profundo y articulado, lleno de información. Después la revista encarga a un redactor que escriba un texto al respecto. El fotógrafo, todavía hoy, debe luchar por ejercitar su derecho a revisar y a aprobar el texto final. En muchos casos, además, la autoría del reportaje no está correctamente acreditada. A menudo el redactor, que ha trabajado a partir de las fotos, aparece como autor; y el fotógrafo, como ilustrador.
Esta situación corresponde a una manera de pensar un tanto anticuada, de cuando efectivamente, la fotografía se consideraba como una ilustración y no como lenguaje independiente y constructivo. Los fotógrafos documentalistas, no son ilustradores, sino creadores de documentos.

Para muchos fotógrafos, el trabajo documental ya funciona como la creación literaria: es un trabajo artístico paralelo al que se desarrolla en el día a día, llámese éste publicidad, imagen corporativa, contenido patrocinado o como se quiera. Lo cierto es que los fotógrafos documentales cada vez somos más como los escritores: tenemos una columna o cátedra que nos da de comer y de vez en cuando, cuando tenemos algo que contar y lo hemos preparado bien, presentamos un libro, una exposición, o las dos cosas.
En estas circunstancias, cabe esperar, a corto plazo, un aumento de la distancia entre el contenido de consumo rápido y la creación documental de calidad. El lector, que es quien de verdad manda en todo esto, acabará castigando a los medios que se conformen con material mediano y premiará a aquellos que produzcan y publiquen historias relevantes. Creo que nos encontramos en un momento crucial. Un momento en el que el lenguaje fotográfico empieza a ser dominado en su lectura y creación por casi todo el mundo, lo que nos llevará inevitablemente a una exigencia mayor, y por lo tanto al desarrollo del lenguaje hasta unas cimas que aún no podemos adivinar.
Estoy seguro de que la siguiente generación de lectores será capaz de leer una fotografía con la misma riqueza de matices con la que hoy se lee una página de texto. Los fotógrafos tendremos que comprometernos más con nuestras historias y ser extremadamente selectivos con lo que hacemos y lo que no. Tardé mucho en empezar la historia de Far West. Estoy tardando en terminarla. Pero es que no veo otra manera de trabajar más que dedicándome sólo a aquello que de verdad merece la pena.
El compromiso personal con tu propia historia y los sacrificios son tales, que no queda ni un segundo que perder en cosas que puedes encontrar en Google en menos de un minuto. Abdul siempre dice que no hay que empezar un viaje sin llevar un pan bajo la camisa. Pues bien, la fotografía está en pleno viaje hacia lo desconocido y todos nosotros con ella. No sé si llevaremos un pan, pero por lo menos pongámonos una camisa.

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| 17 de febrero de 2009 por Carlos Spottorno (a las 09:23) |
DÓNDE ESTOY Y QUÉ ESTOY HACIENDO: ASFALTANDO DUNAS
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Una característica de llevar a cabo una historia larga y articulada como esta, es que al fotografiar metódicamente los distintos aspectos que la componen, a menudo aparecen mini historias, que podrían convertirse en argumentos principales con suma facilidad. Hace unos días estuve en una explotación petrolífera en medio de las dunas del Taklamakan. Un desierto de arena más grande que la superficie total de España.
Para llegar a los lugares de donde se va a extraer el petróleo, hay que abrirse paso por el desierto. De hecho, lo asfaltan. Primero hay que allanar la arena. Después se cubre con un plástico. Encima va un lecho de arena y piedras de río. Después otra capa de preparación y finalmete se asfalta. Pero aquí no termina la cosa. Hay que impedir que las dunas cubran el asfalto en pocos días. Para ello se inserta paja seca a ambos lados de la carretera, creando una retícula de unos 150 metros a cada lado. Esta retícula se planta a mano. En mi libro habrá sitio para un máximo de 3 Ó 4 imágenes relacionadas con esta formidable actividad. Sin embargo salta a la vista que podría dedicarle semanas a este tema y hacer un documental completo acerca de cómo se asfaltan las dunas hasta llegar al petróleo.

Y aquí es donde surge la duda de si ampliar o cortar. Tiendo a querer ampliar. Me quedo con la sensación de no haber hecho lo suficiente. Sin embargo procuro no perder la perspectiva de que, en el ámbito de un trabajo amplio y de visión global, lo que hay, es suficiente. Incluso no es necesario. Lo cierto es que he descubierto que hacer un reportaje sobre un aspecto detallado y preciso de un asunto es mucho más sencillo que dar una visión global de una realidad amplia. De hecho, a menudo, cuando veo reportajes en los dominicales, me quedo con la sensación de recibir una minúscula parte del menú y por lo tanto, insatisfecho.
Yo diría que hoy en día, dada la capacidad de recabar información que tenemos, el viejo esquema de 12 fotos en 8 páginas, está en vías de extinción. No responde ni a las expectativas de los lectores jóvenes ni a la necesidad de los buenos documentales de encontrar un soporte. Y no mencionemos siquiera las remuneraciones para este tipo de trabajos. Hoy por hoy, en mi opinión, los soportes ideales son los siguientes: la presentación multimedia online para la difusión a escala masiva y la edición de un libro de alta calidad para los consumidores exigentes que leen fotografía y quieren conservar la historia como el que conserva una novela.

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| 16 de febrero de 2009 por Carlos Spottorno (a las 09:36) |
DÓNDE ESTOY Y QUÉ ESTOY HACIENDO: LÉXICO Y SEMÁNTICA
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Planeo la jornada. Preparo por las noches con Abdul, mi traductor, la ruta del día siguiente. Salgo por la mañana. Lo primero que hago es intentar cumplir con el objetivo marcado. Una vez fotografiado aquello que tenía previsto, me relajo y abro las puertas a la improvisación. Abdul, entonces, se puede ir a donde quiera. Normalmente se va a su habitación a rezar o a ver la tele. Yo vago por las calles, me dejo llevar como una hoja en la corriente y a veces, cuando menos lo espero, aparece la foto perfecta. La mayoría de las veces lo que aparecen, son fotos sin más. Y a menudo, no aparece nada de nada. Tengo unas 10.000 fotos de Xinjiang. En la edición final voy a utilizar cerca de 130. Es decir, un 1,3% del material. Un 98,7% se quedará en el cajón. No hay muchos trabajos en los que se de esta enorme desproporción entre lo producido y lo utilizado.
Esta historia ha sido un ejercicio de dificultades deliberadamente autoimpuestas. Busqué uno de los sitios más remotos del mundo. Un lugar donde no se habla ingés en absoluto. Donde la policía china vigila cada paso que das. Un lugar de mayoría musulmana, con 6 fronteras calientes y mucho petróleo. Gente muy suspicaz. No había mucha información acerca de Xinjiang y nadie había hecho un trabajo fotográfico en profundidad sobe el tema. Ya en 2006 era previsible que durante los Juegos Olímpicos hubiera jaleo por aquí. Una semana antes de la inauguración, varios ataques por parte de los uigures dejaron cerca de 30 muertos. En consecuecia este año la vigilancia es mayor de lo habitual.
Además me impuse utilizar sólo dos objetivos de focal fija y corta: un 24 y un 50. Esto me obliga a acercarme a aquello que quiero fotografiar.

Una manera ineludible de enfrentarme cada mañana al mundo desconocido y hasta diría que hostil en el que me encuentro. Ahora veo que fue un acierto. Primero, porque, efectivamente, he estado en lugares donde no me habría atrevido a ir de haber podido disparar a distancia. Segundo, el trabajo tiene una uniformidad visual que ahora aprecio como una de sus principales virtudes. Es como hablar siempre en el mismo tono. Sin susurros y sin gritos. Una voz visual modulada, donde los puntos de exclamación e interjecciones no valen. Todo se debe contar encontrando la palabra adecuada, en un permanente ejercicio de léxico y semántica. La construcción de las imágenes, en esas condiciones no tiene atajos: o lo que se ve es lo que se tiene que ver, o no hay trucos ópticos que lo arreglen.

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| 6 de febrero de 2009 por Carlos Spottorno (a las 09:56) |
DÓNDE ESTOY Y QUÉ ESTOY HACIENDO: LO MENOS POSIBLE
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Ya casi no me pregunto si este es un proyecto documental o literario, aunque sospecho que empieza a ser más lo segundo que lo primero. En un panorama en el que abundan las propuestas basadas en la reiteración de lo insignificante, siento la necesidad de partir de un punto de salida cuyo interés sea previo a mi presencia y crear una narrativa secuencial con guión original, en la medida de mis fuerzas.

En los años 2006 y 2007 trabajé sobre la realidad social y religiosa de Xinjiang. En 2008 he querido fotografiar la realidad económica y de recursos naturales. Y estas son las tres patas sobre las que se apoya mi historia. La estética de este proyecto es, sin duda, una de las dimensiones principales. Pero igual que la pura estética hueca se hace inmensamente aburrida, el documental pobremente ilustrado, está condendo a la indiferencia. Hoy, que hasta las cámaras de seguridad del metro tienen buenos ecuadres, resulta muy difícil presentar una historia compleja y conseguir que deje aunque sea un rasguño en la memoria del que la ve.

También me tomo como un deber hacia el espectador, el editar sin dejar que los amoríos superficiales con mis propias fotos abusen del tiempo de la gente. Cada vez que veo una serie de variaciones sobre un tema, me pregunto por qué estoy viendo lo que estoy viendo. A veces, leyendo un párrafo abro los ojos y veo la respuesta al instante. Pero si al terminar el párrafo he olvidado lo que ponía al principio, creo que estoy frente a un fracaso. Un fracaso en cuanto que entonces creo reconocer fotografía meramente decorativa, escondida tras un camuflaje textual tupido y dignificador.
Este tipo de aproximación a la fotografía nace de la constatación de que ahora, que la capacidad técnica para fotografiar ha dejado de ser exclusiva de los que se dedican profesionalmente a ello, lo que marca la frontera entre lo pertinente y lo prescindible es la capacidad de construir un pensamiento, historia o reflexión, desde el folio en blanco hasta el punto y final. Me esfuerzo, porque si no me aburro, en diferenciar mi trabajo del que haría un diseñador aficionado a la fotografía. Me esfuerzo en hacer lo menos posible y lo mejor que puedo.
Me cansa explicar lo que hago, por eso procuro ser muy evidente en mis imágenes y en su secuencia. La teorización del trabajo de un fotógrafo por parte de él mismo es, a menudo, el reflejo de la necesidad de ser productor, editor, comisario y espectador a la vez. Muy tentador, pero quizás excesivo.

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